martes, 18 de mayo de 2010

Yuca, papa, cuy, soy pastusa muy

Algunas veces la gente me pregunta que si mi familia y yo nos consideramos extraterrestres. Yo, asombrada les pregunto por qué piensan eso. La respuesta que me dan es tan sencilla como cómica, pues me dicen que en varias ocasiones nos han escuchado decir: ¿y vos cuándo vuelves a la tierrita?

Yo les digo que no sólo es mi familia la que habla así, sino que somos todos los nariñenses que vivimos en otras ciudades, lejos de nuestro departamento, los que, al ver a otro coterráneo le preguntamos sobre la ‘tiellita’.



Y es tanto el amor que le tenemos a Nariño que siempre lo vamos a considerar como nuestro hogar. Incluso personas como yo, quienes no se han criado allá y sólo vamos de vacaciones o ‘veraneo’, pensamos que de allá venimos y algún día volveremos para quedarnos.

Ese amor por Nariño, especialmente por Pasto se lo debo a mis padres (y al Diario del Sur). A mis papás, porque fueron ellos quienes decidieron que yo naciera allá, pero no fue gratis, pues si no hubiera sido porque a mi papá lo llamaron para que dirigiera el Diario del Sur durante seis meses tal vez yo sería más caleña que el pandebono.

Siempre he sido orgullosa de ser pastusa por más burlas y chistes que existan a mi alrededor. Y eso se debe a que desde pequeña mis tíos, mis abuelos y por supuesto mis papás, me enseñaron a decir que yo era de Pasto y me recordaban una y otra vez que ser de allá no era nada malo, por el contrario, era mejor porque en el jardín y en el colegio yo era una niña diferente y tenía muchas anécdotas para contar.

Así fue por un buen tiempo. En el jardín intentaba enseñarles a mis amigas el significado de ‘cachicar’, ‘chichay’, ‘chucas’, ‘chuchinga’ y ‘chimbilaco’ y disfrutaba con el hecho de saber que yo sabía más que las demás, al menos en lenguaje Quechua.

Sin embargo hubo dos momentos en mi niñez en el que no puede ocultar mi temor y mi tristeza por no ser caleña.

El primero fue por mi bisabuelo, el ‘Papito Guillermo’, pues recuerdo que cuando yo tenía como 4 años él le cantaba a todas sus bisnietas ‘Las caleñas son como las flores’, una canción de Piper Pimienta que pone a bailar a todos en una fiesta. Pero yo a esa edad me sentía marginada porque creía que el bisabuelito no me quería porque era pastusa y que por eso a mí no me dedicaba canción alguna.

Todavía no sé cómo me convencieron de lo contrario y cómo lograron que yo volviera a dejarme cargar de él. Lo que sí sé es que cuando escucho esa canción algo se remueve dentro de mí, tal vez esa melancolía y esa tristeza de saber que nadie me dirá que soy como una flor, al igual que las caleñas, simplemente porque vengo de la tierra del cuy (¡saborrrr!).

Otra experiencia no menos agradable me ocurrió unos meses después (acabo de caer en cuenta que mis traumas se juntaron a la tierna edad de 4 años).

En alguna fiesta escuché un chiste –aunque supe después de varios años que realmente se trataba de un chiste y no de una historia verídica— que hablaba de gente como yo, es decir, de pastusos.

Alguien dijo en la reunión: “Había una vez un señor que era de Pasto, que estaba en un potrero, y llegó una vaca y se lo comió”. Qué horrible, pensé en aquella época, los que somos de pasto corremos peligro en los potreros, por eso yo no quiero ir a un potrero.

Pero como la opinión de los más pequeños nunca es escuchada, al fin de semana siguiente nos llevaron de sorpresa a algún lugar donde había nada más y nada menos que un potrero CON VACAS.

Yo me puse a llorar cuando vi que una de ellas me miró con ganas de comerme y traté de salir corriendo, pero mi papá me alcanzó en la huida y me llevó a donde estaban los demás. Al ver que no paraba de llorar me preguntó qué era lo que me pasaba, qué me tenía así, a lo que yo, muy ingenua contesté que me daban miedo las vacas porque yo era de Pasto, igual que el señor de la historia, y no quería que un animal me comiera.

Mi papá no hacía más que reírse, yo no hacía más que llorar y la vaca no paraba de mirarme como si fuera el más tierno pasto que podría comerse.

El paseo terminó y yo logré entender la diferencia entre ser de pasto y de Pasto. Pero a decir verdad, todavía no logro acercarme totalmente a una vaca, pues dudo que ese rumiante logre distinguir las mayúsculas de las minúsculas que a mí me explicaron aquel día y que ella sepa realmente en qué se diferencian la ciudad de la que yo vengo y su comida favorita, que para infortunio mío, llevan el mismo nombre.

Así que de una vez les digo que con las vacas, de lejos. Me gustan en fotos, pintadas en dibujos, en delantales, en las paredes y hasta en peluches, pero de cerca, no gracias, prefiero vivir.
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