martes, 23 de noviembre de 2010

Sandoná, tierra de historias y recuerdos

Iglesia de Sandoná, Nariño.
Todas las familias tienen una historia,
unas creencias y unas costumbres.
Estas son algunas de las historias de una familia
nariñense que a pesar de que lleva
tantos años viviendo en Cali, conserva
el espíritu y el humor de los pastusos.
Esta es mi historia, esta es mi familia. Este es el inicio de un libro dedicado a ella.




PARTE I

-¡INCENDIOOOOOOO!- Gritó un hombre de manera desesperada y arranca a correr buscando una salida.

-¡Auxilio, un incendio! – repiten cientos de personas que se paran de sus puestos para poder salvarse de una tragedia que no demoraría en llegar. Todos corrían de un lado para otro, saltando sillas y gente que caían a su paso; otras, en su desespero, decidieron tirarse desde el segundo piso de la casa Municipal, lugar donde estaban reunidas más de 250 personas.

Aquel 6 de mayo de 1940 se celebraba en todo el país el aniversario de Francisco de Paula Santander, y para conmemorar aquel acontecimiento en Sandoná, Nariño, decidieron proyectar la película a blanco y negro ‘Blanca Nieves y los siete enanitos’.

Sandoná ya había pasado por una tragedia en donde nueve niñas de 9 años, murieron aplastadas por las vigas de la iglesia Nuestra Señora del Rosario y el pueblo no estaba preparado para vivir de nuevo el dolor de enterrar más seres queridos.

La familia Cabrera Meza fue una de las más afectadas, puesto que Aurelina, una hermana de Olga y una de sus primas, resultaron víctimas de este hecho que marcó la vida de todos en esa casa.

Dentro del recinto el incendio continuaba creciendo y nadie hallaba una puerta de salida, puesto que la entrada principal había sido cerrada desde afuera para evitar que la gente entrara y saliera del salón, incomodando a los demás invitados.

Olga, junto con su hermano Enrique, de 8 años, intentaron salir de aquel lugar, pero una niña de tan sólo 11 años no tenía la suficiente estatura y fuerza para lograr pasar la avalancha humana que se venía desde las sillas de atrás que estaban ubicadas en el segundo piso.

Por tanto peso acumulado en un mismo punto, el balcón se vino abajo y todas las personas que estaban allí cayeron encima de otros infortunados que estaban justo debajo de ellos. Olga levantaba sus manitos intentando salir de los escombros, también gritaba para que no la pisaran más, pero su débil voz se fue apagando hasta el último suspiro de aquel terrible día.

Más de 130 muertos y 100 heridos dejó la conmemoración de este prócer de la Nación, y el presidente de aquella época ordenó cancelar el resto de celebraciones como apoyo a las familias sandoneñas que vivieron aquella tragedia una tarde de cine y festejo.

-Olguita, venga conmigo, ya es hora- Decía una imagen iluminada con luz blanca que sólo permitía ver la silueta de un hombre.

-No, no quiero- decía Olga aferrándose a la falda de alguien.

-Pedro, ya está reaccionando- decía alguien al pie de la cama de Olga, quien había estado inconsciente todo el día luego de que su papá, Pedro, la sacara en brazos junto con el cuerpo inerte de su hermano Enrique.

-Olguita, deme la mano que ya es hora de irnos- Continuaba diciendo la voz.

-No, me da pena dejar a mis papitos, yo todavía no me quiero ir- Contestó Olga, rechazando nuevamente la mano de aquella imagen.

“Yo estaba como alucinando, tal vez lo que veía era la imagen de Dios o de algún Santo llamándome para que fuera al cielo” dice hoy en día Olga, una de las heridas del incendio de Sandoná del 6 de mayo de 1940.

“Mi papito fue el que nos sacó a mi hermanito y a mí de ese lugar, pero mi hermanito, que era más pequeño no sobrevivió. En la casa fue el tío Fabio el que me devolvió la vida, porque sino, ninguno de ustedes estaría escuchando esta historia”, cuenta Olga, mi abuela, con un dejo de tristeza en su rostro y su voz.

“Pero bueno, aquí estoy, vivita y coleando y con muchas historias de mi infancia por contar, sólo espero que la memoria no me traicione, porque el ‘ácido viejúrico’ ya me está afectando”. Afirma entre risas.

Pero Sandoná no sólo tiene historias de accidentes y de muertes. Este pueblito de clima templado ubicado a 50 kilómetros de Pasto, al que se llega siguiendo la ruta que bordea al Volcán Galeras, está lleno de recuerdos de todos los miembros de la familia Figueroa Cabrera, quienes recuerdan con alegría episodios de las vacaciones de verano que vivieron durante casi toda su vida estudiantil.

Si se les pregunta a los hermanos Figueroa Cabrera sobre lo mejor de ir a Sandoná, todos dirán al unísono “los abuelos”. Y tienen toda la razón, porque Emperatriz Meza, más conocida por sus nietos como ‘la mamita Patíz’ y Pedro Cabrera, llamado ‘el papá Pedro’, eran los abuelos ideales, de esos que les enseñaban las tareas del campo y les daban mucho amor durante dos meses, aunque si de reprenderlos se trataba, ellos también estaban en primera fila.

Parte de la familia Cabrera en la casa de Sandoná, Nariño.
PARTE II

-La verdad yo no me acuerdo de ninguna historia de Sandoná- dice Olga Genyth, la hermana mayor de los siete hermanos Figueroa Cabrera.

-Yo tampoco – dice Nelly –, la 'Mona' es la que se acuerda de todos los cuentos que nos echaba la Rosario.

-Lo que sí me acuerdo- interviene Olga Genyth o ‘Nena’ como la llamamos los sobrinos – es que cuando nos mandaban a llevarle el vianda al papá Pedro a El Salto, la mamita Patíz nos hacía almorzar desde las 10:00 a.m.

-No, era desde la 9:00 a.m. o más temprano, porque nosotros creíamos que era un desayuno grande- corrige Eduardo, el hermano mayor.

-Ya cuando llegábamos donde el papá Pedro, teníamos tanta hambre que le velábamos la comida a él y terminábamos comiendo aguacate con sal y pan dulce- finaliza Nelly saboreándose por ese manjar’ que hoy en día siguen comiendo.

Historias del papá Pedro hay muchas, esas darían para hacer un solo libro que recopile todo lo que él vivió, sin embargo, las páginas son pocas y el tiempo corto para contar todos los recuerdos que cada uno de sus siete nietos tenían de él.

- Lo mejor de Sandoná también era el granero, que lo manejaba la mamita Patíz, ella era muy estricta con todos, pero tal vez por eso es que todos la respetaban en el pueblo, recuerda la ‘Nena’. Allá en la tienda nadie estaba en el mostrador, pero cuando llegaba un cliente no era sino que dijera “Doña Emperatriz, una libra de arroz y un cigarrillo”, y ella respondía: “bien pueda y coja”.

Lo bueno es que la gente cogía lo que era y dejaba el pago en el mostrador, eso sí que era bonito, la honradez de la gente de ese pueblo.

-A mí nunca se me va a olvidar esos sábados en que la mamita Patíz se iba a Pato para surtir la tienda- dice Nelly entre risas – Esos sábados la tienda estaba más llena porque el que atendía era el papá Pedro, y como todos en Sandoná sabían que él era demasiado generoso, aprovechaban para mercar cuando estaba él.

-Ah, sí- Interrumpe ‘Nena’- Él era de los que daba todo de más y terminaba regalando los plátanos y dando devueltas que no eran y cuando llegaba la mamita Patíz, había que esconderse porque se ponía furiosa, y el papá Pedro nomás se reía.

PARTE III

El café de Sandoná está catalogado como uno de los mejores del mundo por su aroma y su sabor, de esto también se acuerdan los Figueroa, quienes hoy en día todavía toman ese tinto con pan traído de la panadería La Alsacia, de Pasto, como añorando su infancia.

El proceso de elaboración del café es muy sencillo, sin embargo, es el recuerdo de la niñez y del juego, lo que se queda en la mente de mis tíos. Olga Genyth y María Elena, o la mona, cierran los ojos para recordar ese proceso que llevaba varios días para que se pudiera saborear ese delicioso café a las 8:00 p.m.

-Creo que eso es lo que más me acuerdo y lo que más me gustaba de Sandoná: ayudar a recoger el grano de café maduro, descascararlo en esas máquinas que dejaban la semilla toda babosa, ponerlo a secar al sol en costales y luego, en esos mismos costales llevarlo al molino de la vuelta para volverlo polvo; después devolverse con ese café en bolsas plásticas que dejaban salir el olor y llevarlo a la casa para que nos prepararan el café más rico que jamás haya probado, comenta Nena cerrando los ojos para recordar mejor el olor.

-Pero lo que menos nos gustaba era servir el famoso tinto de las 8:00 p.m., porque teníamos que atravesar el patio desde la tienda hasta la cocina y esa luz que parecía de cigarrillo (no alumbraba mucho) hacía que todo se viera en sombras y nos asustara, además, a veces se aparecía un ratón y eso era más miedoso, termina de decir Nena, estremeciéndose de tan sólo recordar la oscuridad intimidante de la casa de sus abuelos.

-¡Ah sí! – dice Nelly, que acaba de recordar algunos episodios de susto en aquella casa antigua que aún conserva su olor a historia y algunas paredes de barro que guardan tantos recuerdos- A nosotras nunca nos asustaron los ‘espantos’ que decía la Rosario que había, pero el hecho de pensar en que pudieran aparecer era lo que nos daba pánico.

Era tanto el susto que cuando llegábamos de bailar en las fiestas de agosto, ninguna era capaz de irse hasta el baño, así que todas al tiempo preferíamos orinar en el patio, y como tenía un sifón medio grande, pues todo se iba por allá. Y aunque en la mañana nadie se aguantara ese olor a 'miados', era preferible lavar el patio que asustarse en el huerto, dice Nelly, riéndose de
nuevo.

La casa de Sandoná es una casa bastante vieja que ha sido habitada por diversos familiares, muchos de ellos ya fallecidos, por lo tanto, las historias de espantos y de sustos que se tejen en la cocina, que todavía tiene una luz mortecina que asusta hasta el más valiente, siguen prevaleciendo con el paso de los años.
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