viernes, 25 de febrero de 2011

Todo sobre mi abuelo

Hace mucho tiempo que estaba hablando con mi abuelito Álvaro sobre su vida y todo lo que ha hecho, me dijo que por qué le hacía tantas preguntas, que si era que me iba a volver periodista o si iba a escribir un libro sobre su vida.


La verdad, en esa época no se me pasaba por la cabeza qué carrera quería estudiar y menos que quería escribir un libro sobre mi familia, pero esa predicción de los años 90 se hizo realidad ,porque ahora soy comunicadora social – periodista y la preguntadera de esa vez y de todas mis visitas siguientes sirvió para hacer esta publicación en mi blog.

Mi abuelito es de esas personas conocidas como ‘toderos’, porque además de arreglar y dañar las cosas de la casa ha ejercido varios oficios.

Cuando era niño y aún vivía en Pitalito, Huila (su tierra natal), ayudaba a acomodar la madera que tiraban por el río para que llegara al aserradero sin demora.  Luego se vino a Cali “siendo un pollo, para prestar el servicio militar”. Fue cuando se enamoró de esta tierra y decidió quedarse por un tiempo. Por esa época se dedicó a ser mesero y barman del Club San Fernando.

Allí conoció múltiples personalidades y se jactaba de trabajar en el club más importante de la ciudad.

Tiempo después se fue a Bogotá a “probar suerte en la tierra fría”. Allá trabajó de conductor de un bus de la Flota Magdalena y fue Caddy en el Country Club, donde conoció a ex presidentes, políticos de toda calaña y, por supuesto, a mi abuelita Esther. De ella se enamoró al instante, al poco tiempo se casaron y de luna de miel vinieron a Cali. El calor de la ciudad les gustó mucho para criar a sus hijos y decidieron sentar raíces en la capital del Valle(y al parecer les gustó tanto la tierra caliente que tuvieron la módica suma de 7 hijos).

En la Sucursal del Cielo mi abuelito se metió de volquetero, conductor de una buseta y un bus adscritos a la empresa de transportes Blanco & Negro, bombero, policía de Tránsito y hasta taxista.

EL CARRO FEO

Este es el batimóvil original, el carro del abuelo se parecía.
En ninguna de esas facetas lo conocí, pero sí recuerdo el taxi –ya no era negro sino verde raro—. Era un carro gigante y feo que nosotros le decíamos el batimóvil. Cuando nos montábamos en ese carro para ir a las citas médicas o a las reuniones del colegio a las que no podía ir mi mamá o mi papá nosotras queríamos que nos tragara la tierra. Después nos resignamos un poco y simplemente le cantábamos “Vamos de paseeeeooooo, en un carro feeeeooooooo, pero no me impooooorrrrrtaaaa, porque llevo tooooorrrtaaaaaa”. 

La torta nunca la recibimos en ese carro, pero sí los coscorrones de mi abuelo acompañados de sus sonoras carcajadas.

En ese carro sí que paseamos, especialmente a Pance, donde el paseo de olla con sancocho de gallina era lo más esperado de los domingos.

Del abuelo pachanguero, que ahora tiene 80 años y sigue enterito como cuando lo conocí, recuerdo que nos llevaba al odontólogo, a comprar los uniformes del colegio, al parque, a pedir dulces, a las fiestas infantiles y a cuanta reunión no podían ir mis papás.

También viajó con nosotros a Pitalito, Tierradentro y Pasto, paseos deliciosos que recuerdo como si hubieran sido ayer y que me gustaría volver a vivir, exceptuando el hecho de que mi abuelo maneje, pues en aquella época teníamos un Nissan Patrol modelo (viejo) que mi abuelito conducía a 40 km/hora, traumático especialmente porque cuando él se pidió manejar estábamos pasando por El Bordo, tierra caliente a más no poder.

DON TEO

En una época Don Álvaro se convirtió en Don Teo, el viejito querendón que todos los niños iban a visitar a La Veritza, la finca donde vivió al menos por dos años. El nombre se lo dieron los pequeños visitantes por el perro dálmata que él tenía y se llamaba Mateo.  Don Teo criaba pollos que quedaban deliciosos para el sancocho, también tenía papas, cilantro, cebolla y yuca. Creo que la finca nunca fue tan productiva como cuando él estuvo por allá.

En esas aventuras del campo nos ayudó a abrir camino para bajar al río, a ‘nuestro río’. Acompañado de machete, barretón una cuerda y cuatro nietos de 12 y 13 años, Don Teo se aventuró montaña abajo hasta encontrar la salida más hermosa al río Peñas Blancas. Esa bajada la utilizamos durante años, cuando aún nos jactábamos de nuestro buen estado físico y de lo privado del camino. Lastimosamente esa bajada ahora la utilizan otras personas que poco o nada les interesa conservar la naturaleza.

A mi abuelo te tocó volver a Cali, pero no se le quitó el vicio de criar animales. Por eso acá decidió tener sus pollos, esos que hacen bulla noche y día porque pasas o porque no pasas, porque llueve o hace calor, esos que sólo deseábamos ver en una olla o lejos de las jaulas, porque la bulla y el olor de esos animales se volvió insoportable.

El disfraz de mi abue.
Desde ese entonces en mi familia no comemos las patas de las gallinas, del pollo o de cualquiera de esas aves, pues ya supimos dónde pisan y no es para nada agradable.

DISFRACES

Además de todos sus oficios, mi abuelo ha tenido varias personalidades, pero no porque sea loquito o algo así, sino porque cada año nos sigue en la payasada y se disfraza de lo que le digamos. Ha sido un Harlista lleno de tatuajes de calaveras; Hippie y ese año salió disfrazado y con todos nuestros collares por la cuadra dizque para venderlos. Lo mejor (para él) y lo triste (para nosotros) es que los vendió casi todos –pero no nos dio la plata.

El Capo
También ha sido pirata, Batman de los años 70  y hasta El Capo. Lastimosamente ese último disfraz le trae malos recuerdos, porque después de la fiesta de disfraces del 2009 se resbaló en la calle, que estaba mojada, y se fracturó entre el fémur y la cadera. Afortunadamente ya está bien y sigue haciendo la terapia para recuperarse, pero creo que de disfraces ya no quiere saber.

EL BISABUELO
Ahora ‘Don ambaló’, como le dicen los Figueroa, está dedicado a ser abuelo y  bisabuelo, pues la consentidera en la que lo tenemos no lo deja hacer nada más que divertirse, pasear con nosotros y comer rico. Además, es mejor que guarde reposo por las cirugías que le han hecho recientemente y que lo tienen andando como nuevo.

Gracias a esos cuidados el pasado 15 de enero pudo disfrutar su fiesta de 80 años, que estuvo acompañada de mariachis, juegos, torta y mucha comida.

Abuelo, sabes que te queremos y que muchos desearían tener a alguien como tú, por eso me siento orgullosa y afortunada de tenerte. 

Pd: Baratico le ponemos el apellido Montealegre y le alquilamos el abuelo por horas jajajajja.
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