lunes, 18 de abril de 2011

Que yo NO bailo

En mi perfil de Twitter (@verofly) digo que no bailo, no canto y no tengo chispa para contar chistes, tres actividades en las que me considero 100% negada y que para mi familia son muy normales en mi forma de ser.

Sin embargo, las personas que recién me conocen se aterran con la primera descripción: “No bailo”. ¿No bailás?, ¿pero ni un poquito?, ¿cómo no te va a gustar?, son las típicas preguntas que me hacen cuando digo el rotundo NO.


“Caleño que se respete sabe bailar, y le gusta”, me argumentan cuando digo que es una actividad que en realidad no disfruto. “Pero es que yo soy pasteña, no caleña pura, ‘tonces yo le bailo el trompo zarandengue y hasta la guaneña, pero no me pida salsa, merengue, reguetón y mucho menos bachata, porque alguien puede salir herido”, respondo seriamente.

Cuando ya la persona está muy preocupada por mi negación al baile y no entiende esas sencillas razones, me devuelvo en el tiempo unos 23 años y procedo: 

Agrupación Flans
-¿Se acuerda de Las Flans?- le pregunto.

-Sí, esas que eran tres y que cantaban “No controles mi forma de bailar porque es total…”.

-Sí, de ese trío le hablo, pues resulta que cuando bailábamos mis primas, mi hermana y yo,  siempre fui la cuarta Flan.

Silencio ensordecedor. Mi interlocutora me mira con incredulidad, luego con un poco de tristeza y por fin suelta la frase que yo ya me conozco de memoria: “ayyyyy pobrecita” :( .

No se diga más.

Si ya sigue interesada en mi historia de por qué no bailo avanzo un poco más en el tiempo, cuado tenía 6 o 7 años, y sigo: 

Mi hermana siempre ha sido una buena bailarina y en su preocupación de hermana mayor quiso asumir el reto de enseñarme a dar las vueltas de salsa. Yo, como buena hermana menor,me dejé guiar por ella. Todo iba bien hasta que en una de esas vueltas nuestras manos se fueron desprendiendo poco a poco hasta que yo terminé dándole un cabezazo al brazo de madera de la silla de la sala.

El resultado: silla ensangrentada, Vero en el piso, Mary con el ojo aguado. Mary corre por una cinta pegante transparente, Vero sigue en el piso teniéndose la herida. Mary coge un pedazo de cinta, le limpia la herida a Vero, le pega la cinta en la herida y asunto arreglado. Resultado final: Vero tiene cinta transparente en lugar de puntos, Mary pide que guarde el secreto y mi mamá, que acaba de llegar de la tienda, no grita, mira a Mary, carga a Vero y la lleva al centro de salud para que le hagan una curación real. Resultado actual: Vero la piensa dos veces para darle la mano a Mary; Vero no da vueltas bailando; a Vero le falta un pedazo de ceja.

Quien me escucha atentamente suelta una sonrisa tímida, como incrédula, y me dice otra de las frases que ya conozco: “qué pecaíto”.

II
Como esa persona está ‘encantada’ de oír mi triste y risible explicación de por qué no bailo, sigo con mis historias de bailarina frustrada, que no son pocas.

Alguna vez le pregunté a mi papá que por qué no me metía a clases de baile para bailar tan bien como mi mamá y mi hermana, pero la respuesta de mi papá me dejó de una sola pieza: “para qué perder plata y tiempo, mejor dedicate a otras actividades”. Cosa que hice, y me metí a natación, baloncesto, karate y microfútbol.

Siempre voy contra la corriente
En ese momento de la conversación, mi interlocutora ya no aguanta más y suelta una sonora carcajada. Yo dejo que tome aliento y continúo con mi cuento para que de una vez por todas se convenza de mis firmes razones.

Cuando nos reunimos en la casa de mi abuelo a hacer fiestas familiares ponemos cualquier canción y mis primas empiezan a bailar. Yo, precavida, cojo la cámara fotográfica o hago que me voy al baño, hasta que una de mis primas me alcanza a ver y me invita a bailar, no sin antes decir algo como: “que baile Vero para que nos haga reír”, o mientras estoy bailando con ellas alguna dice “uuy no, pero tiene más oído un ojo o tiene más ritmo una gotera que Vero”.

Sinceramente mi personalidad da para muchas cosas, pero en el fondo tengo mi corazoncito y las burlas y las comparaciones con las goteras pueden herir mi pequeño y golpeado ego, por eso, para evitarme más tropiezos tanto en la pista de baile como en la vida prefiero dejar por sentado en las conversaciones, incluso en las entrevistas de trabajo que “yo no bailo, gracias”.
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