jueves, 9 de junio de 2011

Confesiones de la primera vez

Estuve indagando sobre la primera vez de nosotras, las mujeres, y me encontré con algunas historias divertidas (incluyendo la mía). Ya es hora de que nos conozcan un poco más a fondo.

La primera vez de ellas fue un poco traumática, la mía fue divertida. Y a todas a las que les pregunté cómo había sido miran como hacia el pasado, cierran los ojos, sonríen y luego dicen: menos mal sólo hay una primera vez, porque yo no vuelvo a sufrir lo mismo.



La mía me da risa, cada vez me parece más absurda, como de mentiras, a otras les parece vergonzosa. Andrea, por ejemplo, todavía no sabía manejar  cuando le entregaron el carro.  Ella estaba confiada porque su amiga (experta al volante) la iba a acompañar hasta el concesionario –al sur de Cali- y luego la llevaría sana y salva a su casa –hasta el norte-.

Los planes no fueron iguales a la realidad: Andrea decidió esperar con su amiga en una tienda hasta que la llamaran para que recogiera su vehículo, pero no contaba con que se iban a demorar en llamarla y que su amiga decidiera calmar la sed con unas cuantas cervezas.

Cuando al fin la llamaron su amiga estaba pasada de tragos, por lo que no estaba en la capacidad siquiera de dar un paso sin ayuda. Así que Andrea se armó de valor y orgullo, se montó a su carro, acomodó el asiento y los espejos (porque eso es lo que había visto hacer), prendió el carro y….. no pudo dar reversa para sacarlo del parqueadero.

Segundo intento… nada. La amiga se había dormido y no podía preguntarle al vendedor dónde estaba la reversa, así que siguió intentando, hasta que media hora después logró su cometido y el carro estaba andando. Bañada en sudor y temblando llevó a su amiga hasta la casa y luego tomó camino hasta el norte. Se fue manejando en primera –pues no sabía cómo y cuándo meter los otros cambios- y luego de casi dos horas de sufrimiento llegó a casa con el carro entero.

II
Cuando Mary cogió el carro sola por primera vez manejó en el sur. Llegó temblando a su destino, las rodillas no la dejaban caminar, tuvo que pedir el favor de que le parquearan el carro porque todavía no sabía calcular distancias y su blusa estaba tan mojada en sudor que parecía recién salida de una maratón de spinning.

Al tener que devolverse a la casa pensó en otras posibilidades como irse en taxi, en MÍO, mandar a recoger el carro o pedirle a alguien que la recogiera. Al final, la valentía fue más fuerte y llegó a su casa con el carro sin un solo rasguño. Lo malo fue a los días siguientes, cuando en plena hora pico le da por meterse por la vía del CAM (en reparación) y un bus le apareció de la nada, dañando una de las puertas del pequeño twingo.

Según la conclusión del guarda de Tránsito, la culpa fue la “falta de pericia de la conductora”, por no decir que “esa vieja tan buñuela se le metió al bus”. Ahora Mary sigue manejando y sus nervios y el carro están mucho mejor.

III
Debo decir que mi primera vez no fue legal. Yo no tenía pase y realmente había visto media clase de conducción con mi papá en un mazda 323. Pero aquel sábado de 2007 no tuve otra alternativa, pues el campero en el que yo iba de pasajera se varó y alguien tenía que manejar mientras el conductor empujaba.

Era un carro viejo, pesado, difícil de hacer andar, especialmente para tres niñas como de mi estatura, así que propuse que mientras Lucho y Carlos (los únicos hombres del parche) empujaban junto a las otras dos niñas que tenían más fuerza, yo iba a ‘chancletear’ el carro porque eso no era nada del otro mundo y al menos yo sabía prender un motor.

Cuando Lucho me preguntó si yo sabía lo que iba a hacer le dije muy confiada: “claro, mi papá tenía un Nissan Patrol y yo hacía lo mismo, hasta llegué a manejarlo”. MENTIRA!!! Mi papá sí tenía ese campero, pero yo NUNCA lo había manejado porque me pareció difícil ponerlo en primera para que arrancara.

Pero ante la necesidad de arrancar ese carro y de saber que la fuerza de dos hombres lograría empujar a ese montón de latas, Lucho decidió confiar en mí, me pasó las llaves del carro y rápidamente me dijo: esta es la primera, apenas el carro esté andando la pone, luego, cuando coja más fuerza le mete segunda, no se olvide de meterle el clutch porque sino no puede.

Primero ‘chancletié’ el carro, que era lo que yo había propuesto. Todo salió bien. El carro en neutro, la gente empujando y yo llevando el carro derechito por la calle principal de Presidente. Hasta allí todo era felicidad, yo tenía el pecho henchido por mi orgullo. “Yo sé mucho, dije para mis adentros”.

Cuando el carro tomó más fuerza me gritaron que lo prendiera y le metiera primera, el camperito verde prendió, y yo lo guiaba a la perfección, era el as del volante.

Mis compañeros seguían empujando para darle más fuerza al vehículo, tenían la confianza y las esperanzas puestas en mí y todo iba perfecto. “Métale segunda que el carro le aguanta”, me dijo Lucho.

Yo, dudosa, le hice caso, pero del susto estaba frenando el carro, que se hacía más pesado para quienes empujaban. En ese momento salió un señor, se montó al carro y me dijo: “deme el volante que yo le arranco ese carro de una”. Yo, como hago caso a lo que me dicen, me bajé (aprovechando la poca velocidad que tenía el carrito y cual malabarista de circo) y dejé que el amable señor se llevara el carro, que prendió divinamente y se fue a unos 40 Km/h.

Mis amigos estaban felices de que el carro hubiera arrancado, su esfuerzo no fue en vano, todos se abrazaban y saltaban como si la selección Colombia hubiera ganado un Mundial, hasta me abrazaron!! Yo me sentía feliz, plena, hasta que alguno de ellos se dio cuenta de que yo, la conductora elegida, estaba brincando con ellos mientras el carro estaba ya lejos de nuestro alcance a pie.

Y quién está manejando??????”, me preguntó Lucho abriendo los ojos como si le fueran a echar gotas. Yo, en mi tranquilidad, le respondí que era un señor que se había bajado de un árbol, se había montado al carro y me había ofrecido arrancar “esa chatarra” y llevarla a un taller que él conocía.

“Vero, nos robaron”, me dijo Lucho con asombrosa calma, como evitando matarme allí mismo. Los demás ya habían salido corriendo detrás del campero con el loco al volante (si no era loco al menos olía como tal).
Para fortuna de todos –especialmente la mía- el amable señor que olía a demonio cumplió su palabra y lo llevó al taller. Allí arreglaron el carro, me volvió el alma al cuerpo, Lucho dejó de pensar en cómo matarme y el loco tuvo su pago con almuerzo.

Ahora, más que ‘chancletiar ‘ un carro lo manejo, tengo pase y soy prudente, pues ya no le doy las llaves a cualquier loco que se ofrezca llevarlo allí nomás. Pero para estar más segura prefiero montar en MÍO, que me lleva y me trae sin tener que sufrir mucho (sólo estrujones y pisotones, pero eso lo soporto).

Andrea, por su parte, aprendió que a los amigos se les pagan los favores después de que los hagan y Mary ya sabe que es mejor andar con una blusa y desodorante en el bolso por si las moscas.

¿Y cómo fue tu primera vez al volante?
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