jueves, 27 de octubre de 2011

Chao abuelo pachanguero

Escribir palabras de despedida para mi abue es lo más difícil que he hecho en mi tiempo como escritora, pero él merece ser recordado con sonrisas y no con lágrimas, porque fue mucho lo que gozó durante sus 80 años.



El último cumpleaños lo celebró por todo lo alto con mariachis, antifaces y toda la familia que lo ama. Así debía festejar sus 80 primaveras un abuelo como él, rodeado de amor, de felicidad, de abrazos, de torta y por supuesto, de muchos regalos y música.

La última vez que vi a mi abuelo pachanguero fue el 28 de septiembre. Ese día estaba sentado en la sala, conversando con mis primos y con Alfredo. Nos pusimos a ver un partido de beisbol porque el clásico América-Cali, ese que le encantaba ver por televisión, no lo pasaron, y menos mal, porque la mechita, su equipo amado perdió contra ‘los perros’.

La sonrisa que iluminaba su rostro también iluminaba toda la sala, esa en la que bailamos hasta el amanecer acompañados de sus palmas, sus canciones y sus brindis. No parecía que recién hubiera salido de una cirugía de apéndice. La emoción con la que mi abuelo me saludó y el abrazo que todavía siento en mi cuerpo fueron los mensajes más claros que él me había dado en toda la vida: mi abuelo nos amaba, y su felicidad más grande era vernos siempre reunidos al lado de él.

Puedo asegurar que mi abuelo fue un viejo feliz, enamorado de su familia, de sus nietos y bisnietos y de una que otra amiga de la tercera edad. Era tan famoso que en los salones de clase y en las oficinas de nosotros todos sabían quién era él, todos preguntaban por el abuelo y decían que querían conocerlo, pues era el viejo más famoso de Cali.

Participó en un video de la Universidad Santiago de Cali, salió en trabajos de fotografía de mis compañeras de la Autónoma, era ‘novio’ de más de una amiga de nosotras y hasta le quedó debiendo a más de una su última bailada.

Porque eso sí, mi abuelo bailaba como ningún otro. Era el rey de la pista, se bailaba desde una salsa hasta un joropo y las mujeres siempre cogían turno para pachanguear con él.

Ese roble que era mi abuelo dejará una huella imborrable en todos nosotros: familiares, amigos, conocidos y desconocidos, pues la energía que emanaba, las historias que nos contaba y las carcajadas sonoras que nos contagiaban, seguirán sonando en todos los rincones de Cali, Pasto, Pitalito, Bogotá y todas las partes de Colombia donde él viajó en su mula.

Y como decía mi abuelito: ¡échenle gasolina a esa herida para que sanen todos nuestros corazones!
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