viernes, 4 de mayo de 2012

Comiendo cuento

Alguna vez les había contado que les tengo miedo a las vacas, porque cuando aún era una infante mi papá me confirmó que yo era de pasto y como no me habían explicado bien qué era ser pastusa, pensaba que un rumiante de esos me podía comer. Lindo, sí, da risa, pero para mí es traumático.

El problema es que este no es el único cuento que le he comido a mi papá, y lo más triste de todo es que muchos de ellos todavía me niego a que sean mentiras (incluyo la existencia del Niño Dios y del Ratón Pérez).

Cuando tenía como dos años nos montamos en un tren con rumbo a cualquier parte. Con mi ronca voz le pregunté a mi papá (que todo lo sabe) cómo hacíamos para que el tren arrancara. Él, en su infinita sapiencia, sacó una moneda de $20, la metió en una ranura y el tren arrancó. ¡Uff pensé yo, mi papá sabe hacer andar los trenes!

Años después (creo que ya tenía más de 20), mi papá me confesó que esa vez él había visto que el motorista ya se estaba acomodando para prender la locomotora y que por eso pudo jugar con mi inocencia.

Cuando tenía 5 años y durante casi 5 más mi papá siempre me preguntaba si quería jugo de nube, yo, muy contenta e ilusionada le decía que SÍ, pero luego me decepcionaba porque, entre carcajadas, me pasaba un vaso con agua de la llave. Y aunque me prometía que no iba a volver a caer en esa pesada broma, siempre caía.

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Cuando estaba en cuarto de primaria hicimos un experimento con azufre en el colegio. Por la tarde llegué a la casa oliendo a mil demonios, mi mamá intentó hacerme bañar, pero no quise, así que me fui a jugar donde mi abuela. Después de un rato mi papá llamó donde mi abuela y me hizo pasar al teléfono y lo primero que me dice es “¿uff qué es ese olor a azufre?”. 

En medio de mi inocencia me sentí avergonzada porque mi hediondez pasaba las barreras del teléfono, pero traté de negar que yo era la fuente del olor, así que le dije que nada. Luego me dijo “póngase el teléfono en la cabeza yo la huelo”, y adivinen qué hice… Sí, me lo puse en la cabeza, con los cachetes rojos por la pena de que mi papá me tuviera que oler y me descubriera en  mi mentira. Al no tener nada qué refutar me tocó salir corriendo a bañarme a ver si volvía a oler rico.

Años después me di cuenta de que mi papá previamente había hablado con mi mamá y ella le contó lo de mi experimento en el colegio y lo fuerte que yo olía, pero que me rehusaba a bañarme. Esa bromita realmente no me gustó, porque una cosa es ser inocente, la otra es ser boba, yo me siento como la segunda.

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De los tantos recuerdos que tengo de la finca hay dos que me parecen bonitos, inocentes.

Uno de ellos es que cada que se iluminaba el cielo cuando empezaba a tronar, mi papá nos decía que esos reflejos detrás de la montaña no eran más que las olas del mar pacífico chocando contra las rocas, y que chocaban tan duro que iluminaban el cielo, pero que sólo se veía desde ciertas ubicaciones, como en los Farallones de Cali. Privilegiados nosotros por poder ver ese espectáculo único, ¿no?

Otro cuento que aún me atormenta es un poco asustador, ahora sé que es mentira, pero todavía me causa escalofríos. Resulta que cuando recién compramos la finca, nos íbamos a dormir en carpas, paseo  mucho más emocionante cuando tienes 8 años. Como mi papá es scout, él nos contaba todas las aventuras que tenía cuando niños, lo cual nos emocionaba mucho y por eso le pedíamos que nos enseñara a vivir en el monte, como él aprendió.

Lo primero que nos enseñó fue a armar la carpa, a hacerle una zanja para evitar que nos inundáramos y a usar una linterna. Luego nos explicó la importancia de hacer guardia mientras los demás dormían. Las reglas básicas para una buena guardia eran no dormirse, no hacer bulla y vigilar por todos lados para que no llegara un animal y se nos llevara la comida. Nosotros no vimos complicado el trabajo, así que decidimos vivir esa aventura, pero antes de empezar el primer turno de la guardia nos dio un último consejo: ¡cómo reconocer un animal en la oscuridad!

“Si ven unos ojos rojos chiquitos, a la altura de la pantorrilla o menos, puede ser un gato doméstico o salvaje; si los ojos llegan un poco más arriba, es un zorro; si llegan a la rodilla es un lobo; si les llega al pecho es un tigre; pero si los ojos son más altos que ustedes, puede ser el diablo, así que deben quedarse en silencio hasta que él se vaya para que no se los lleve”. Con esa recomendación tan detallada ya no quisimos hacer guardia esa noche (y ninguna otra) argumentando cansancio, pero la verdad es que teníamos pavor de que nos llevara el… tigre.

Mi papá todavía no me ha dicho si eso es verdad o mentira. Creo que todo es un invento de él, pero para ser sincera, cuando voy al baño de la finca en las noches, trato de ir con los ojos cerrados, no sea que desde el pasillo vea venir unos ojos que están más altos que mi cabeza, porque la verdad a mí me dan mucho miedo los… tigres.

Cuando descubrí que todo lo que creí durante mucho tiempo no eran más que bromas y mentiras me sentí muy triste, pues confiaba en los adultos, en su sapiencia, en su sinceridad. Pero ahora que también soy adulta y le meto cuento a mis primitos, me da alegría verles la cara de sorpresa, la alegría de saber que uno ha vivido más que ellos y que les está compartiendo toda la sabiduría adquirida por tantos años, porque muchas de las cosas que les cuento han sido transmitidas de generación en degeneración.

Pd: Marcelita, sé que siempre te dijimos que al conejo se lo robó el vecino y que Mickey, tu perro, se murió de viejo. Lamento decirte que… es verdad jaja.

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